El griego helenístico

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El griego helenístico

M. Z. Kopidakis, Historia de la lengua griega, Archivo Griego de Historia y Literatura, Atenas, 1999, pp. 88 – 93.

Traducción: Alejandro Aguilar.

 El ser humano es, según Aristóteles, “un animal político” en el sentido de que, dentro de la “polis”, es decir, de una sociedad organizada y convencional, puede aprovechar al máximo sus capacidades innatas y desarrollarse también a partir de sus capacidades adquiridas. Dentro de la sociedad, la lengua, el instrumento primario de comunicación, se enriquece, se desarrolla y se regulariza. La agrupación de la polis y el estado, durante el periodo arcaico, en conjunción con la determinación de los centros religiosos y deportivos panhelénicos, el acuerdo de alianzas y de uniones políticas fundamentales (anfictionías) y el desarrollo, naturalmente, de los intercambios comerciales, contribuyó a la regularización de las diferencias dialectales. Al mismo tiempo, con los dialectos literarios regionales de la epopeya y de la poesía coral, comienza a formarse en Jonia, que es siempre emprendedora, una especie de lengua común regional (“koiné”). Hasta el inicio de las guerras médicas, esta lengua jónica común, la cual prevalece casi en todo el discurso narrativo artístico, es “la lengua reconocida por la sociedad”.

Luego de las guerras médicas, Atenas se encarga de la hegemonía política e intelectual (espiritual) de los griegos. El peligro persa une estrechamente a los griegos y dicha unión, a nivel lingüístico, incluye al dialecto ático. La alianza ateniense (478/7) con sede en el templo de Apolo en Delos, impone como centro de referencia de muchas ciudades e islas a Atenas. Por ahí pasan teóricos, acusados, metecos, artesanos, periergopenites, sofistas y hetairas. Para que todos ellos se incorporen a la exigente sociedad de Atenas, se ven obligados a adoptar el modo ateniense de vida y sobre todo a manejar con fluidez el dialecto ático. La cosmópolis de Atenas es ya la “rectora de la sabiduría”, “la educación de Grecia”.

Ni el desafortunado acontecer de la guerra del Peloponeso ni las descuartizaciones civiles y ni siquiera el ascenso de la hegemonía macedónica, coartaron el desarrollo del ático como instrumento lingüístico panhelénico. Contrariamente, Filipo II, mandatario impetuoso y acérrimo, determinó al ático como lengua oficial de la enseñanza y de la administración de su estado. Alejandro y los miembros de las familias macedónicas aristocráticas habían recibido ya una formación ática. La luminosa expedición panhelénica en Oriente impulsa el helenismo hasta los puntos más lejanos de Bactriana. En los estados poliétnicos tomará carne y hueso la opinión certera de Isócrates acerca de que los griegos son los fundadores de la educación griega; educación que significa, principalmente, el aprendizaje de la lengua griega. El dialecto vulgar o común que en la época de los herederos alejandrinos constituye un instrumento mundial de comunicación es un idioma que tiene como base al dialecto ático. Este idioma fue impulsado conscientemente por la administración macedónica y el ejército, pero también por comerciantes, cazadores de fortuna e intelectuales de Asia Menor, el Cercano Oriente y Egipto.

El término “koiné” (entiéndase como dialecto) es antiguo. Los gramáticos estaban en desacuerdo acerca de su procedencia, pues algunos creían que, en realidad, provenía de la conjunción de los cuatro dialectos básicos; otros creían que se trataba de un quinto dialecto o que era una variación del ático. El último punto de vista que sostuvo en los años recientes G. Hatzidakis, y muchos otros estudiosos, es el recto. Hoy, de todas maneras, con el término “koiné” entendemos los diferentes niveles de lengua con las consecuentes tendencias de registro que el mundo helénico utilizaba en el discurso oral y, en parte, en el escrito desde la época helenística hasta los inicios de la época bizantina. Se trata, consecuentemente, de una lengua ecléctica y “enciclopédica” que tiene un núcleo cuya luminiscencia apunta hacia diferentes direcciones. Sin duda alguna, no hablaban la misma “koiné” el ateniense y el peloponesio, el jonio y el macedonio, el judío helenizado y el “mandatario de Libia Occidental”. En contraste con la “koiné” oral que presentaba grandes anomalías a nivel de forma, la “koiné” escrita tendió a una determinada homogeneidad. Pero aquí también las diferencias son relevantes. El historiador Polibio escribe en una “koiné” más rica y culta, mientras que, por ejemplo, el redactor de una serie de escritos escribe en una lengua jugosa, pero popular e “indisciplinada”.

Nuestras fuentes más inmediatas sobre la “koiné” son los textos que fueron salvados en inscripciones, papiros y óstrakas (fragmentos de vasijas). Un material rico brindan también los diccionarios de los aticistas y los glosarios greco-latinos, es decir, métodos elementales de aprendizaje del griego que estaban destinados a los latinoparlantes, y, naturalmente, la literatura. Los monumentos más importantes de la “koiné” son la traducción del Antiguo Testamento por el grupo de los “Septuaginta” y el Nuevo Testamento, así como también los apócrifos y las pseudo-inscripciones. Las fuentes indirectas de la “koiné” son los dialectos y los idiomatismos del griego moderno, cuya descendencia encuentran también en la “koiné” bizantina. Constituye una excepción el “tsacónico” que deriva del dórico neo-lacónico.

Ya en las primeras etapas de la “koiné” se impone también el conservadurismo, reflejado en la literatura. Por supuesto que lo que de formas poéticas sobrevive (epopeya, elegías, yambos, epigramas) conserva, con algunas convenciones, el dialecto artificial antiguo. Formas de manifestación más reciente se conservan, igualmente artificiales, en dialectos nuevos. De esta forma, la lengua de las Bucólicas de Teócrito es un dialecto dórico regional que tiene como base el dialecto de Siracusa. Una forma más aligerada de la “koiné” es utilizada por los creadores menores de las Anacreónticas, de los primeros himnos cristianos y de las obras, laborales y eróticas, versificadas. No obstante, desde los primeros siglos cristianos, aparecen también las primeras muestras de poesía ritmo-tónica, la cual prevalecerá finalmente. La poesía prosódica tradicional descenderá a una forma música.

Más valiosas son las conquistas de la “koiné” en el discurso narrativo. Ya Aristóteles, el cual admirada a Cicerón por el río dorado de su discurso, utiliza una “koiné” literaria primitiva. En “koiné” escriben también filósofos, historiadores, científicos, mitógrafos y paradoxógrafos. Las tendencias, sin embargo, son importantes: la lengua de Polibio (201 – 120 a.C.) es demasiado elaborada (neologismos, vocablos poéticos, rechazo de la contracción fonético-morfológica), mientras que la lengua de Epícteto (55 – 135 d.C.), que era un liberto, está emparentada con la “koiné” popular.

El prestigio cultural de Atenas, la producción literaria (especialmente la narrativa) y finalmente la necesidad de convencimiento que ejercía el poder estatal (alianzas atenienses y más tarde la hegemonía macedónica) fortalecieron, en la lucha entre dialectos, al dialecto ático. La “koiné”, sin embargo, que se formó, era resultado de concesiones y convenciones. Así, marcas distintivas áticas, como /tt/ en lugar de /ss/ y la segunda declinación ática (/lews/) fueron rechazadas, mientras que otros dialectos podían ofrecer una forma unificadora. La tendencia del discurso oral ático hacia la simplificación, bajo la ley del menor esfuerzo, encontró aliados inesperados. Los hablantes de otras lenguas, pero también quienes hablaban otros dialectos, incluso las personas comunes del pueblo eran incapaces de manejar la multitud de rasgos lingüísticos, la fantasmagoría de las partículas, las sintaxis complicadas y los matices semánticos más finos. Con el tiempo suceden cambios significativos en todos los niveles, los cuales conducen a la conformación de un instrumento lingüístico bien hecho, rico y, sobre todo, simplificado.

Es, pues, la base el dialecto ático, pero a la conformación de la “koiné” contribuyeron fuertemente también los otros dialectos. La contribución del dialecto jónico fue más rica. St. G. Kapsomenos (1907 – 1978) y Agapitos Tsopanakis demostraron que la contribución del dórico fue mucho más relevante de lo que creían investigadores antiguos. El dórico enriqueció especialmente la terminología militar y legal: /lojagós/, /ouragós/, /ksenagós/ (en un principio, comandante de los asalariados), /ágima/, /anádojos/. Dóricos son también vocablos tan usados como: /vounós/, /laós/, /naós/, /orkomwsía/. Incluso el dialecto noroccidental enriqueció la “koiné”, pero principalmente el griego moderno, con la extensión de la terminación -es del nominativo de los nombres de tres terminaciones al acusativo: /i patéres/ –> /tous patéres/ (y por analogía: /i, tous tamíes/. El macedónico patrocina la terminología militar y administrativa: /dekanós/, /taksiarjos/, /swmatofýlakes/, /ypaspisté/. La palabra /korásion/ tiene descendencia macedónica, así como también la terminación -issa (/Makedónissa/).

Profundísimos son, pues,  los cambios que se dieron durante el periodo de la “koiné” en el sistema fonológico, en la morfología, en la sintaxis y en el vocabulario del griego. Aquellas más decisivas, sin embargo, que principalmente condujeron a la formación del griego moderno, sucedieron en la fonología. La acentuación del griego antiguo era musical, como se muestra en aquel entonces por la terminología: armonía, prosodia, agudas, graves, etc. El paso de la acentuación musical a la dinámica parece que tuvo como consecuencia la abolición de la prosodia. La monodiptongación de los diptongos se acelera (/ei/ –> /i/, /ai/ –> /e/ y las vocales adquieren la misma duración. Así, por ejemplo, los diptongos y sonidos /i/, /ei/, /h/, /oi/ coincidieron y comenzaron a pronunciarse como /i/ (la transformación de la pronunciación del diptongo /oi/ en /i/ se completó apenas en el siglo X d.C.). El iotacismo provocó que resultaran como consecuencia gran cantidad de homófonos (palabras con diferentes sentidos, las cuales tenían la misma pronunciación). En el campo de las consonantes también los cambios fueron devastadores. Sin embargo, hasta el día de hoy, en algunos dialectos neohelénicos, las consonantes dobles (/állos/ = /ál-los/) continúan pronunciándose y la -n final, que se elimina desde el siglo IX a.C., continúa sustituyéndose. Claro que la escritura siguió siendo fonética. La desarmonización entre grafema y fonema tuvo como consecuencia la mayoría de los errores ortográficos: /wntos/ en lugar de /óntws/, /lypón/ en lugar de /loipón/, etc.

En morfología, es predominante la tendencia a la simplificación, la cual se lleva a cabo principalmente a través de la analogía. Formas bisilábicas y trisilábicas sustituyen indistintamente, desde el punto de vista flexional, vocablos monosilábicos: /ois/ –> /próvaton/; /mys/ –> /pontikós/; /ýs/ –> /joíros/; /nafs/ –> /ploíon/. Los grados aumentativos irregulares se sustituyen: /mégas/, /meizwteros/ o /megalwteros/ (en lugar de /meízwn/, /mégistos/. Los adverbios en -ws (/kalws/) se limitan en favor de los terminados en -a (/kalá/). La multitud de formas verbales se limita a las absolutamente necesarias. Determinados verbos en -mi pasan a -w: /didwmi/ –> /didw/. La bestia del número dual ya desde el siglo III a. C., había sufrido grandes golpes, recibiendo del mismo Jesús el tiro de gracia: “Ningún siervo puede trabajar con dos amos” (Lucas, 16, 13). Los aticistas, sin embargo, intentan dar respiración a esta forma arcaizante: “/dys mh lége, allá dyoín/” (Frínico).

Igualmente, en el campo de la sintaxis, la “koiné” aspira a la simplificación, la expresión analítica y la claridad. Las más exactas sintaxis preposicionales sustituyen, en diversos casos, el desnudo sistema casual. El acusativo como objeto desplaza poco a poco al genitivo y al dativo (/akouein tiná/ en lugar de /akouein tinós/). El infinitivo se sustituye: el especificativo, por la construcción óti + indicativo y el final, por la construcción ína + subjuntivo. El desiderativo se conmociona y determinados usos de este caen en desuso. La colocación oracional y el asíndeton determinan la subordinación. Así, el nexo también se enriquece con nuevos significados.

Existen palabras seculares, de larga vida, de gravedad y efímeras – estas son las más escandalosas. La “koiné” es obligada a rechazar ya sea aquellas que habían perdido su transparencia etimológica o bien aquellas que se resistían a la simplificación o, incluso aquellas exageradamente idiomáticas, aquellas que representaban objetos  y valores religiosos.  Las pérdidas, sin embargo, encuentran un punto estacionario con la afluencia de miles de neologismos que imponen cambios radicales, los cuales, se realizan en el nivel social con la ascendencia de estratos populares; en el nivel político, con los estados pluriétnicos de los herederos alejandrinos y el imperio romano; y en el nivel cultural, con la aparición del cristianismo. De este modo, por ejemplo, muchas palabras antiguas adquieren nuevos significados en la literatura cristiana (ángel, diablo, epíscopo, iglesia).

Durante el periodo de la “koiné”, Grecia quedó subordinada políticamente a Roma (I siglo a.C.) y culturalmente, al cristianismo. Esta tiranía doble dejó huellas imborrables incluso en nuestro gentilicio: Romií (es decir, Romaíoi) y Cristianos en lugar de Griegos. La conquista de Grecia por los romanos era natural que condujera al préstamo lingüístico de carácter antagónico. Los romaíoi (romanos) como fundadores conscientes de un imperio multiétnico se mostraron como discípulos cuidadosos en aquellas áreas del conocimiento que sentían que se retrasaban. De esta manera, hablaban sistemáticamente el griego, como si fuera una moneda de plata, para cubrir las necesidades de su lengua pobre y campestre en el arte, en la ciencia y en la voluptuosidad. Para facilitar su mecanismo administrativo recomendaron a Roma un servicio oficial de traducción. Un sector de la clase romana dominante, principalmente las mujeres de la aristocracia, era bilingüe. El César expiró con el dicho: “/Kai sy téknon, Vroúte?/”. Augusto murió con un verso de Menandro en los labios. Nerón traducía a Esquilo y destacó como intérprete de tragedias. Los poetas profanaron los metros, las formas, las figuras y la temática de la poesía clásica y de la helenística.

Los griegos, contrariamente, mantuvieron una posición arrogante frente a la lengua latina y a la cultura romana en general. Los préstamos del latín son limitados durante los primeros siglos de la conquista. Los aticistas comandaban la resistencia, los defensores de la pureza lingüística y de la inmezclabilidad. En el siglo III y IV d.C., sin embargo, un gran número de palabras (principalmente de terminología militar, administrativa y comercial) se inmiscuyó en el griego.

La influencia del latín en el griego es imperceptible en el nivel sintáctico, más o menos perceptible en el morfológico (principalmente en desinencias derivativas: -arios, -atos, -oura, -poullos), pero fuertemente notable en el nivel lexical. Muchas palabras que fueron escritas por los ciudadanos se conservan hasta ahora: título, membrana, millón, dictador, castro, carbón, /spiti/ (<hospition), palacio, fava, /loukániko/. De procedencia latina también son los nombres de los meses y bastantes nombres propios: Antonios, Konstantinos, Pulquería.

El encuentro de helenismo y judaísmo fue una experiencia traumática para las dos culturas. Los griegos conquistaron y quisieron imponer su cosmovisión y su propio modo de vida a un pueblo que se consideraba el elegido. Los macabeos sacudieron la balanza griega y por un tiempo Judea fue independiente. Pero en 68 a.C., Pompeyo incluyó todo el territorio a la esfera de influencia de Roma. Mientras tanto, ya desde el siglo III a.C., una gran parte de los judíos de la diáspora tenía como lengua materna al griego. En favor, pues, de estos judíos helenófonos, fue traducido el Antiguo Testamento al griego helenístico (“koiné”). El proceso de traducción duró alrededor de tres siglos (el libro de Job fue traducido apenas en el primer siglo después de Cristo). El texto de los Septuaginta no tiene una forma lingüística unificadora. La multitud de barbarismos (Éxodo, 18, 6, “tría egw eimí”), solecismos (Génesis, 1, 1, “syn ton ouranón”), semitismos (en + infinitivo articulado, Génesis, 4, 8, “kai egéneto tw einai aftoús”), los nombres indeclinables (Abraham, Jacob) y generalmente el estilo descuidado y áspero revelan que el discurso autárquico de Iahvé estaba revestido con la vestidura de otra lengua.

Heterogeneidad estilística también caracteriza al Nuevo Testamento. Una punta la conforma el griego artificioso de Lucas, la otra, la árida lengua popular del Apocalipsis. La multitud de “biblismos” (las formas arquetípicas de los Septuaginta) y hebraísmos recuerdan constantemente que el Nuevo Testamento no termina, sino que continua y completa la Ley y los Profetas. El griego peculiar de la Biblia, el cual provocaba la repulsión de los defensores del incorrupto helenismo, influyó, con el predominio del cristianismo, principalmente, la corriente popular de la “koiné”.

La “koiné”, así pues, es una lengua de comunicación que se diferencia de región en región, pues es matizada por el dialecto local (doricaizante o jonicaizante), que le gusta a las expresiones vivaces (discurso directo en vez de indirecto; superlativos en vez de comparativos), que pretende el énfasis, la claridad y la simplicidad, que adopta, si se ve en la necesidad, préstamos de la alta literatura, pero también de las lenguas de otros pueblos. Es, igualmente, una lengua distintiva, la llave de acceso a los bienes de una alta civilización. Por muchos siglos, la inmensa valía de su dominio fue bestial. Mandatarios de otras naciones (armenios, partos, Sicló el príncipe de Nuvades), sacerdotes (Manetón el egipcio, Varossós el babilonio, los Druidas de Galatia) y sofistas escriben en “koiné”.

A principios del siglo III a.C., mientras la “koiné” comienza su rumbo triunfal hacia la unidad lingüística del helenismo, la retórica abandona paulatinamente su lecho, Atenas, y se refugia en Éfeso, Esmirna y Rodas. Claro que con la caída de la democracia, la libertad de expresión que afilaba la capacidad del orador se ha limitado, pero la retórica “descentralizada” de los ejercicios culturales es libre de hablar sobre asuntos indolentes. El estilo asiático brota súbitamente de la retórica epideíctica y amenaza con inundar la historiografía y la filosofía. Del dique en esta “turbia corriente del Orontes” se hicieron cargo de poner en alto los severos conservadores de la tradición clásica, los “aticistas”. Pero el “celo asiático”, perfeccionista, vano en sus palabras y autocomplaciente, era un rival fácil, que simplemente impuso el pretexto para la concentración de las fuerzas conservadoras. La furia de los aticistas giraba esencialmente en contra de la “koiné”, que amenazaba dominar la totalidad de la narrativa. El lema de las nostalgias de la herencia antigua era: “¡Atrás rápidamente al entrenado discurso ático de Lisias y Platón!”

El teórico más representativo del movimiento aticista fue el historiador y tecnógrafo Dionisio de Halicarnaso, que enseñó en Roma de 30 a 8 a.C., el más importante centro de enseñanza helénica en aquella época. Al fortalecimiento rápido del movimiento aticista contribuyeron la refulgencia del dialecto ático, la autoridad de los escritores del siglo V y IV, la valorización de la imitación que predominaba en la práctica educativa, la intervención de Augusto, que creía que el clasicismo en la lengua y en el arte podría mantener vivos los valores tradicionales, y, claro, el trabajo filológico (ediciones, memorias, diccionarios) que había sido realizado por los filólogos alejandrinos sobre los textos áticos. A las órdenes del aticismo se adhirieron también los guerreros del cristianismo, los cuales, como representantes de la alta intelectualidad, resguardaban tanto la enseñanza simple como la lengua sencilla de los Evangelios y de los Padres Apostólicos.

El objetivo inmediato de los aticistas parecía común: el retorno al ático puro y recto. Sin embargo, ¿cuál era este dialecto ático? En este punto, los puntos de vista discordaban. Algunos proyectaban como prototipo a Lisias, otros consideraban a Platón superior y otros distinguían a Jenofonte. No obstante, todos concordaban en que la imitación de la forma conduciría tarde o temprano a la producción de nuevas obras primas, ya que éstos creían que el vocabulario puramente ático aseguraba la elegancia (“asteiotis”) del discurso. Como un criterio sin errores para la elección de una palabra, consideraban su presencia en las obras de los expertos escritores. El gramático, Ulpiano (s. II d.C.), fue llamado después, Citútito (Keitoúteitos), ya que antes de probar cualquier alimento preguntaba incesantemente si el nombre del platillo respondía a los paradigmas áticos (/keitai/ o /ou keitai/). No era, sin embargo, el exterior del discurso que encantaba a los defensores de dicha empresa. Fundamentado era su convencimiento acerca de que su ocupación en los “textos” revitalizaría automáticamente los antiguos valores que habían levantado, como en una torre, el esmero de los guerreros maratónicos. Cualesquiera que hubieran sido los motivos de los defensores, miopes o arrogantes, el aticismo fue sellado por la gentileza que atribuye a un movimiento, la búsqueda de lo irreal y lo utópico.

En el siglo II d.C., el estado romano progresa. Los bienes de la educación no son ya un privilegio de la escasa aristocracia. El sector helenoparlante demanda exigencias sobre la hegemonía cultural. Durante esta época, los artistas más famosos del discurso narrativo en el ámbito helénico son los representantes de la Segunda Sofística cuya cabeza fue Ailio Aristeidis (129 – 181). Estos aticistas intelectuales parece que seducían con sus conferencias incluso a la muchedumbre analfabeta, estando consciente de que no comprendía los discursos sofísticos y quizá ni siquiera la expresión del discurso, debido exactamente a los cambios fonéticos que se habían llevado a cabo. La Iglesia cristiana oficial rechazó el aticismo exigente. Es dudoso si la totalidad de la iglesia podía unificar los agraciados ríos de sabiduría de los Grandes Padres de la Iglesia. Aún así, a los logros del aticismo habrá de contarse la protección de la lengua, principalmente escrita, de la introducción de vocablos latinos, y la defensa de la herencia cultural del mundo clásico, del cambio de dogma impuesto por los fanáticos cristianos.

El precio, sin embargo, de este largo camino, fue pesado. La fijación de los aticistas en el paso glorioso y su ciega negación en rechazar la verdad de que la lengua evoluciona, condujeron al bilingüismo, el cual perturbó la nación por dos milenios, haciendo más profundo el abismo entre la minoría de los que habían recibido educación y el simple pueblo. El acceso a los bienes de la educación implicó una inmensa lucha de años con un instrumento lingüístico que no florecía en los labios de las personas, pero que yacía (que era texto). A la evaluación accidentada también de una obra cuyo único criterio es su impresión lingüística, se debe el estudio desviado de aquellos escritores que escribían en una lengua más simple. Lo que fue después más triste de este prejuicio fue que se perdieran obras científicas y literarias importantísimas.

Hacia finales del siglo V d.C., en el territorio helenófono, la realidad lingüística aparece fusionada. En discurso oral predomina la “koiné”. Naturalmente que dentro de un mismo territorio existen diferenciaciones que responden a la pureza racial, la estratificación social y, en general, a las diferencias de nivel formativo o educativo.

En el discurso escrito existe una ruptura múltiple. Los escritores que se dirigen al público general, incluso la administración, llegan a convenciones con diversidades de “koiné”. No obstante, los historiógrafos oficiales, los oradores, los filósofos y los representantes de la Iglesia son aticistas. Determinadas formas de poesía siguen siendo escritas en los dialectos literarios tradicionales. La poesía lírica, sin embargo, principalmente la himnografía y las canciones del pueblo han avanzado hacia la dirección de la “koiné”. La poesía ritmo-tónica ha hecho su aparición.

A pesar de esta profunda separación entre el discurso natural y el escrito, la lengua griega supera su lucha con el latín por la hegemonía lingüística en Oriente venciendo finalmente. Esta esplendorosa victoria contribuye grandiosamente a la helenización progresiva de la zona oriental del imperio romano.

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