Miliá (Emmanouil Roidis)

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Miliá

Emmanouil Roídis, 1ª publicación en “Acrópolis Navideña”, 1895

Traducción: Alejandro Aguilar

En un pueblo de la Magna Grecia vivía una niña de corazón tan bueno y agraciado que todo el mundo quería. Aunque no era rica, encontraba la manera de ayudar siempre a los pobres, pues cualquier cosa que le daban, la compartía con ellos, y cuando sus manos estaban vacías, su corazón y su boca estaban llenos siempre de buenos sentimientos y buenas palabras para consolarlos. No solamente los hombres y los animales de casa, sino también las aves del bosque la querían. Cuando la veían pasar, bajaban de los árboles y la seguían como perritos para que les diera la mitad de su pan.

Le decían Miliá (manzano) porque la habían encontrado, una mañana de abril, bajo un árbol de manzanas, cubierta de flores blancas que había posado sobre ella el viento en la noche.

La pareja de ancianos que la había adoptado era tan pobre que sólo les alcanzaba lo que ganaban, la anciana con la costura y el anciano cortando leña, para que no tuviera hambre. Miliá hacía también lo que podía para ayudarlos. Recogía en el bosque  frutos salvajes, violetas y otras flores que ofrecía a los transeúntes con una sonrisa tan dulce que rara vez le negaban cinco monedas quienes tenían para darle. Pero de éstos no había muchos en aquél pueblo humilde, y el pan y las castañas que comían el anciano y la anciana eran siempre menos que su hambre, y aún más pequeña la ración de Miliá, pues lo compartía con los pobres y las aves.

Miliá tenían diecisiete años, cuando, una noche, creyendo sus papás adoptivos que dormía, escuchó decir el anciano a su mujer:

“No sé qué será de nosotros, si Dios no nos hace algún milagro para ayudarnos. Los leños que puedo levantar en mi vieja espalda cada vez son menos, y tú en lugar de tres, necesitas ahora cinco horas para bordar un calcetín. Miliá come poco, pero adora compartir el pan con los pobres y las aves. Pienso en qué puede pasar si muriéramos. Si fuera uno o dos años mayor, la mandaría a la ciudad a conseguir trabajo. Madura y esforzada como es, encontraría fácil un buen puesto, y no se olvidaría de la gente pobre que la crió, cuando ya no tenga fuerza para cortar leña ni tú dedos para bordar”.

Miliá hizo como que no escuchó nada. A la mañana siguiente se levantó antes de irse. Acomodó sus pocas cosas, apretó su corazón, se enjugó los ojos, que corrían como una llave, y fue a despedirse de la anciana pareja. También lloraron ellos, después, sin embargo, pensaron que era una aparición de la voluntad divina que Miliá pensara también aquella noche lo mismo que habían pensado ellos. Dejaron que se fuera apenas le dieron muchos besos, sus buenos deseos y una pita para que comiera en el camino.

Todo el pueblo quiso acompañarla una hora en el camino hacia la Llave Fría. La siguieron hasta ahí un tullido que era jalado por su perro y dos enfermos con muletas. La acompañaron también cabras, cabritos, gallinas, gansos, patos, gallos y pájaros, porque todos los hombres y los animales la querían y a todos dolía su despedida.

Mientras más lejos se veía la despedida con el paño de los ancianos, Miliá intentaba encontrar fuerza. Cuando, sin embargo, se detuvo a ver aquello, sintió, por primera vez, que estaba sola en el mundo; la queja se apoderó de ella y comenzó de nuevo a llorar. Caminó todo el día sin descansar y sin ni siquiera haber mordido su pita. El dolor del corazón llena como pan el estómago vacío de los desdichados.

Habiendo caminado diez horas enteras, se sentó bajo un castaño para descansar. Ni siquiera se había sentado bien, cuando la asustaron dos disparos de rifle y el ladrido de un perro ronco. Se volteó para ver y vio una nube de aves que huían asustadas.

– Vengan hacia mí, gritaba, vengan rápido a esconderse entre estos arbustos. No tengan miedo, las liberaré, si no me mata a mi también el cazador y si no me come el perro.

Las aves reconocieron su voz y se reunieron a su alrededor, apresurándose a esconderse bajo las ramas bajas, juntitas la una de la otra. Miliá escuchaba el latido de los cien corazones de las aves, tic-toc, como los relojes en el taller del relojero.

En aquél momento, surgió el cazador con su perro, animal formidable de pelaje amarillo, dientes afilados y ojos rojos que ardían como el carbón.

– Nena, preguntó, ¿no viste pasar por aquí a unas aves o a algún otro animal de caza? Desde la mañana estoy corriendo tras algo y no he matado nada. Te voy a dar estas dos monedas de plata si me enseñas el camino correcto.

Mientras el cazador hablaba, el perro seguía ladrando y el corazón de las aves, latiendo más fuerte. El atardecer del sol hacía que las monedas de plata brillaran como si fueran de oro.

– Hiciste muy bien en preguntarme, respondió Miliá. Antes de que vinieras, vi una bandada de perdices que volaban hacia el norte, dos liebres que corrían por aquí derecho, un ciervo que huía hacia el oriente y una pareja de faisanes, hacia el occidente. Tienes que escoger entonces, pues no tienes mucho tiempo que perder, si quieres alcanzarlos.

El cazador le dio las monedas y se fue hacia el oriente; el perro, sin embargo, no quería irse, insistía en oler las ramas, en ladrar y en enseñar sus terribles dientes. Miliá pensó entonces en darle su pita para que se calmara; su dueño le dio una patada y sólo entonces decidió el animal malo seguirlo, no muy contento, continuando su ladrido como si dijera al cazador que es una pena que las niñas se burlen de tal manera de un hombre tonto.

Cuando el cazador se perdió lejos en el bosque y se dejó de escuchar la voz del perro, salieron de su escondite las aves sin saber qué hacer para agradecer a Miliá. Estaban sentadas sobre su hombro, cantaban en su oído “gracias”, aleteaban para refrescarla y le hacían cosquillas en las manos, en los labios, en las mejillas y en su cuello. Los pinzones y los petirrojos se alejaron y regresaron para traerle cerezas, flores de loto, zarzamoras y uvas salvajes para que cenara, mientras los pajaritos y los halcones peregrinos le preparaban una cama suave de hojas de castaño, menta y lavanda para que durmiera. Habiendo rezado, se acostó en aquella olorosa cama, la taparon con helecho para que no tuviera frío y se posaron sobre los árboles de alrededor para cuidarla.

A la mañana siguiente, la despertó el canto matutino de la cagujada y vinieron a darle los buenos días también las otras aves. Habiendo terminado el canto de las aves, tomó la palabra el dulce orador, el ruiseñor, y le dijo lo siguiente en la lengua de las aves, la cual entendía bien y hablaba más o menos Miliá:

– Nos dijiste ayer que vas a la capital a conseguir suerte y hoy en la mañana supimos por un gayo que se presenta una oportunidad única que tienes que aprovechar. El rey, que enviudó el año antepasado, se cansó de sus grandezas, sus glorias, sus riquezas y de cuanto más envidia el mundo. Tanta es su pena y su melancolía que se atrevió a prometer la mitad de su reino a aquél que consiga hacerlo pasar una sola hora sin bostezos ni suspiros. Muchos llegaron de todas partes a probar. Esta noche es la prueba y a la capital son solamente cinco horas de camino. Levántate, Miliá, y arréglate para ir al palacio a que ganes el premio. Te acompañaré yo con otras aves y te diré al oído qué debes hacer.

– Queridas aves, respondió Miliá, tienen un buen corazón, pero no muy buen conocimiento. Me ordenan que vaya sin pensar que sólo a ustedes Dios cuidó de dotarlas de plumas. Yo no tengo nada que ponerme más que esta falda vieja que visto. ¿Con esto quieren que vaya a que me reciba el rey y su séquito?

– Las aves no son tan tontas como lo cree la gente, respondió el ruiseñor. No te diría que te arreglaras si no hubiéramos preparado tu vestido. Somos amigos de unos gusanos de seda y los pusimos a trabajar para que te hiciera este vestido que no tiene par en todo el reino.

Trajeron entonces un vestido de satín blanco de una sola pieza que tenía encima tejidos la primavera con todas sus flores y el cielo con todas sus estrellas.

– Yo, dijo el abejaruco, corrí toda la noche para encontrar esta flor blanca para que te la pongas en tus cabellos.

– Yo, dijo el petirrojo, junté gotitas de rocío y te hice un collar que brilla más que los diamantes.

– Yo, dijo el torcecuello, te traigo este abanico, hecho con una pluma de cada ave.

Habiéndose puesto el vestido y sus adornos, Miliá pareció tan bella que comenzaron a entonar un canto esplendoroso todas las aves juntas. Sólo Miliá permanecía pensativa y sin decir palabra.

– ¿Qué va a pasar cuando me hable el rey y sepa desde que hable que soy una aldeana de la montaña que no sabe nada del mundo? Dijo.

– Eso no importa, respondió el ruiseñor. Esta amiga mía, la corneja gris, que ves a mi lado, anida desde hace veinte años en el techo del palacio y conoce todos sus secretos. La traje a propósito para que te los enseñe. En una hora te enseñará cuantas cosas alcancen para que conozcas los puntos débiles del rey.

Con las monedas que le dio el cazador, Miliá rentó una elegante carroza y exactamente a las nueve de la noche se presentó en el gran salón del palacio. La sensación que provocaron la belleza de su cara y el brillo de su vestido fue tamaña que todas las mujeres despintadas se pusieron amarillas de envidia, y desde aquella noche quedó claro quiénes se arreglan y quiénes no.

El rey bajó de su trono y vino a presentarse, cosa que no había hecho en otra ocasión, más que cuando vino de visita la emperatriz de Levante. Sin cuidar de la costumbre, la tomó de la mano y la sentó a su lado, preguntándole de qué reino venía o si había bajado del cielo, porque no creía cómo la tierra podía haber dado a luz a una mujer tan bella.

Miliá se sonrojó y le respondió con mucha humildad y gracia que era una aldeana humilde y que había venido a competir con los otros por el premio.

– Debes saber, le dijo el rey, que tanto me ha satisfecho y hecho reír toda diversión y espectáculo, que ya nada disfruto. Tengo años enteros que no río. Todo me parece insípido, aburrido y cocido en agua. Pero esa belleza tuya cegó mis ojos sin curar el hastío y la pena de mi alma. Deseo que tu arte me divierta y tu belleza sea grande.

Y habiendo dicho esto, ordenó que comenzara la competencia.

Sus palabras asustaron a Miliá, tanto que no sabía cómo conseguiría hacer reír a aquél rey que no había reído en años. Habría perdido su ánimo, si no hubiera venido en aquél momento el ruiseñor a cantarle en el oído: “No te preocupes, las aves prepararon todo”.

El primer competidor se presentó. Era un famoso ciudadano de aquella parte que podía hacer aparecer cosas, tan capaz que todos lo consideraban mago y fue obligado a huir de aquella ciudad, donde acostumbraban entonces quemar magos. Éste adivinó la carta, as de espadas, que había pensado el rey; frió huevos en el sombrero del jefe del séquito real y mandó la peluca rubia de la Gran Señora a cubrir la calvicie del caballerizo. Después logró sacar de la nariz del ministro de justicia una cuerda de lazo y del bolsillo del general del ejército, una liebre salvaje. Todo iba bien, sólo que el rey no se había reído hasta ahora. Con la esperanza de lograr también eso, se concentró en hacer aparecer la corona real en la cabeza de un cerdo salvaje, la cual estaba puesta en la mesa de la cena. El rey, sin embargo, parecía que no estaba dispuesto a ello, y en lugar de reír, encontró sin chiste el acto y mandó a que lo sacaran con un vergazo en la zona baja que está abajo de la espalda.

El segundo competidor era un filósofo serio de barba blanca de la zona de Holanda. Éste había traído consigo un aparato extraño con una especie de recipiente de vidrio encima. Lo abrió y echó adentro carbón ahumado, una cucharada de mercurio, una pizca de piedra de caballo, una rama de romero y una buena ración de mercurio verde. Lo mezcló todo con una cuchara de oro e inmediatamente se calentó, se prendió, se inflamó, después se enfrió, se cristalizó y el recipiente quedó repleto de diamantes, grandes como huevos de paloma. Todo el séquito se quedó extasiado y todas las damas extendían su mano para agarrar uno de los diamantes que comenzó el filósofo a repartir. Pero el rey se enojó de nuevo, ordenó que las damas entregaran todo de regreso y dijo con enojo al químico: “¿No pensaste, estúpido, que si los diamantes los llegaran a tener todos como piedras de río, toda mi riqueza perdería su valor, la cual es de las primeras en el mundo y que si necesito dinero, puedo vender cuanto quiera? Lárgate de aquí, y si haces de nuevo diamantes, te quebraré la cabeza con tu propia máquina”.

El tercero era el primer científico de un nuevo mundo, que había descubierto otro Colón, más allá de la masa de agua a la que llaman Atlántico. Este neo-mundista había logrado, después de muchos estudios y pruebas, atrapar los rayos solares en unas botellitas que parecían pequeñas peras, antes de que llegaran a enterrarse en sus cuevas. Después de haber mareado a la gente con su discurso, el científico comenzó a explicar que estas peras de rayos solares eran un nuevo sistema de iluminación y que con la mitad de dinero darían luz diez veces más que el aceite, cuyo precio se multiplicaría diez veces, ya que no servía más que para freír y hacer ensalada.

– ¡No sabes, imbécil – lo interrumpió el rey, amarillo del coraje-, que las propiedades de mi reino, las mías y las del pueblo, son todas campos de olivo, y vienes aquí a elevarnos el precio del aceite! Desaparece de mi vista, y si mañana te encuentro todavía por la región, te cubriré de aceite y te quemaré vivo.

Era turno entonces de Miliá, temblaba toda, viendo cuán malvado había sido el rey. Pero otra vez el ruiseñor le cantó al oído y le dio ánimos. Los ojos de todos estaban clavados en ella y el silencio, tan perfecto, que alguien podía escuchar a una hormiga volando o a una hierba creciendo.

Miliá ordenó entonces que las veinte ventanas del salón se abrieran. Inmediatamente volaron, dentro de la sala, pequeñas aves de todo tipo y de toda especie: abejarucos amarillos, petirrojos, aves de pesca plateadas, mirlos negros, tordos emplumados, cardenales amarillos, pinzones, frentones, colibrís, aves de río, castañuelas, malatritas, cornejas grises, collalbas rubias, pájaros carpinteros y alcaudones. Después de que aletearon por uno o dos minutos, aquí y allá, alrededor de las lámparas y las lámparas de aceite, como las aves locas que eran, hicieron después un gran círculo. El ruiseñor se colocó en el centro dirigiendo como director de orquesta, con sus alas, el ritmo, escuchándose entonces una sinfonía tan dulce que dirías que la habría compuesto la música del paraíso, Santa Cecilia. De todos los fragmentos gustó mucho más un cuarteto de pinzones que hizo llorar a todos, y la cómica canción del gayo, tan juguetona y vivazmente entonada, que todo el séquito comenzó a dejarse llevar y a mover los pies como si los calcetines se les hubieran llenado de hormigas.

– Bailen ahora, aves mías, ordenó Miliá.

Veinte parejas de canarios comenzaron entonces a bailar un vals juguetón y original. Con un ala eran sostenidos dos pájaros abrazados y volaban hacia la otra. Las parejas recorrían la sala como el viento y daban diez veces la vuelta a la sala. Después bailaba en el piso una cuadrillada deliciosa de abubillas, pero aún más éxito alcanzó el cotellón con todas sus piruetas. En esto, las gracias de un inaceptable jilguero hizo que el corazón de todos se saliera, pues lo presentaron diez series de bailarines y a nadie le gustó que mirara con altanería, diciendo no con la cabeza. La onceava vez, sin embargo, le gustó al jilguero, pues para que lo aceptara se le tuvo que dar una hormiga que había atrapado. Abrazó a su bailarina y comenzaron a dar vueltas por la sala con gracia y una técnica única.

No terminaría nunca si quisiera contarte todo. El espectáculo cerró con una lluvia de flores raras que habían traído las gaviotas del extranjero. Lo más raro de todo fue una flor de loto azul traída del Nilo que ofreció Miliá al rey.

El rey estaba tan feliz y contento. La sangre se le subió a la palidez de su cara pintándolo y sus ojos echaban chispas. No tenía cabeza para pensar en la grandeza ni en sus antepasados ni en nada que dijeran los príncipes, los duques, los soldados, los ministros, los mandatarios. Se agachó y besó a Miliá en la frente, en las dos mejillas y cerca de la oreja. Aquél beso cruzado, como le decían, equivalía entonces en la Magna Grecia a una señal de matrimonio. No puedo decir si a todo el séquito le gustó aquél matrimonio. Todos, sin embargo, fueron obligados, queriéndolo o no, a gritar: ¡Viva nuestra reina! Lo mismo gritaron en su lengua también las aves, y viendo que Miliá lloraba, mientras se despedían de ella, le prometieron visitarla seguido.

Los matrimonios se realizaron una semana después con mucha solemnidad y lujo. Fueron invitados los padres adoptivos de Miliá, el anciano y la anciana, cuya alegría los hacía parecer diez años más jóvenes.

El rey, para tenerlos cerca de su esposa, pidió que se les encontrara algún puesto público en la capital. Viendo cómo la anciana era cuidadosa, buena ama de casa, que no comía mucho y que en todo era ordenada, la hizo ministra de economía. El anciano era ya algo irremediable. No sabía el hombre ni escribir ni leer. El rey se rompía la cabeza pensando cómo era posible emplearlo, cuando pasó que murió el ministro de educación pública. No encontrando otra solución, dio al anciano el puesto del finado, y desde entonces nació y continúa hasta el día de hoy, en muchas partes, la costumbre de dar a cualquier analfabeto el puesto de ministro de educación.

Versión en griego:

http://www.sarantakos.com/kibwtos/mazi/roidis_mhlia.html

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