La Grecia Salentina (Grekanika o grika)

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La Grecìa Salentina

Los orígenes

Los orígenes de la isla lingüística helenófona de la Grecia salentina son inciertos y pueden dirigirnos a tres diferentes escuelas de pensamiento.

La primera era encabezada por el gran glotólogo alemán G.Rohlfs y sostiene el origen griego magno de la lengua grecánica.

La segunda al salentino O. Parlangeli, propone y se inclina por una derivación bizantina de los griegos de Salento.

La tercera, finalmente, la que sostienen algunos estudiosos, sobre todo griegos, entre los cuales está A. Karanastasis, quien reivindica la presencia de elementos bizantinos dentro de una preexistente matriz magno-greca.

El periodo mesápico

Los primeros habitantes de Salento, históricamente documentados, fueron los Mesapos que se extendieron probablemente desde las costas dálmatas. En la época antigua, la península salentina era llamada Mesapia, que quiere decir Tierra entre dos mares.

La civilización mesápica se desarrolló del siglo IX al III a.C.

Deseosos de la independencia propia y del notable grado de civilidad que le caracterizaba, los Mesapos no se dejaron someter nunca por los Griegos que en aquellos siglos colonizaban las costas de la Italia meridional y de Sicilia, dando vida a la Magna Grecia (la ciudad dórica de Taranto fue fundada alrededor del siglo VIII a.C.).

De los griegos, sin embargo, las poblaciones mesápicas adoptaron considerablemente una influencia cultural: así se adoptaron el alfabeto, cultos religiosos y técnicas de construcción. En muchas tumbas fueron encontrados diversos artículos seguramente de origen griego. Las pruebas de los contactos entre los Mesapos y los Griegos son notables, sea directamente, mediante el intercambio comercial con los comerciantes griegos que desembarcaron en las numerosas calas de la costa salentina, sea indirectamente, a través de las frecuentes relaciones comerciales con la ciudad magno-greca de Taranto.

En 272 a.C. Taranto fue conquistada por los Romanos, los cuales procedieron a su implantación en los centros mesápicos. Después de la toma de Brindisi, de hecho, en 267 – 266 a.C. fue sometida por Roma también la ciudad mesápica de Rudiae, ubicada en la Vía Trajana, al sur de Brindisi, en la cual nació Quinto Ennio en 239 a.C.

Esta presencia romana fue muy importante en Salento en cuanto a que, con la ejecución de infraestructuras, de obras públicas y a través de la subdivisión del territorio entre los veteranos romanos, se dio una transformación radical del paisaje y la completa restructuración de los centros habitados.

El periodo bizantino

Después de la caída del imperio romano de occidente (ocurrida en 476 d.C.) y sobre todo seguido a la guerra Godo-bizantina (535 – 553 d.C.), que impulsaba el Emperador de Oriente Justiniano para reconquistar los territorios occidentales que habían pertenecido a Roma, en Salento y Sicilia, se afirmó la presencia bizantina, la cual favoreció la difusión de la lengua, la cultura, la religión y los ritos greco-orientales.

En 568 d.C. los Longobardos avanzaron a lo largo de toda la península y crearon en el sur el Ducado de Benevento. En manos de los bizantinos seguían estando Otranto y Galípoli.

Entre los siglos VII y VIII, el nombre de Calabria pasó a denominar toda la región pugliense, mientras que el de Salento adoptó el nombre de Tierra de Otranto.

Los siglos VIII y IX han quedado entre los más tristes en la historia de la península salentina. A los dominadores bizantinos y longobardos se unieron los árabes que, estableciendo fuertes bases con los dos emiratos de Taranto y Bari, intentaron ganar toda la región. Le tocó a Salento la peor suerte, privado de montañas y defensas naturales, quedando expuestos a las incursiones sarracenas.

En 727 el emperador bizantino León III, el Isaúrico, ordenó que en todas las provincias del Imperio de Oriente fuesen destruidas las imágenes sacras (los iconos). Irrumpieron con grandes disturbios, encabezados por monjes basilienses (llamados así porque se inspiraban en las reglas de la vida monástica de San Basilio, arzobispo de Cesárea de Capadocia, a mediados de 300 d.C., padre de la Iglesia griega, llamado el Grande), los cuales se negaban a obedecer el edicto imperial. Continuó la guerra iconoclasta que muy pronto se transformó en una sangrienta guerra civil.

Para evitar las matanzas ordenadas por León III y sus sucesores, miles de monjes abandonaron las provincias orientales del Imperio y se trasladaron a las regiones del sur de Italia, entre ellas, Salento. Ahí fundaron numerosos monasterios, que pronto se transformaron in centros de propagación de la cultura griega y renacimiento socio-económico. Los monjes, de hecho, se dedicaron no solamente a la oración, sino también a la transcripción de manuscritos, a la realización de frescos e iconos, a la enseñanza del griego y los trabajos campestres (en particular al cultivo del olivo e de la vid).

Estos monjes se asentaron en cuevas excavadas en las rocas, aislados o en grupos, a lo largo de la costa salentina del Adriático, sobre todo en la zona de Otranto y Roca vieja.

Aproximadamente un siglo después, Salento fue objeto de una nueva onda migratoria. También, en esta ocasión, hubo monjes que se trasladaron, los cuales, por evadir la invasión árabe en territorio de Sicilia y de Calabria, migraron al sur de Salento.

A este segundo flujo migratorio le siguió otro, favoreciendo el ascenso al trono de Constantinopla del emperador Basilio I (867 d.C.), que quería liberar el sur de la península itálica de los “infieles”.

Después de haber liberado las regiones de la Italia meridional de los Árabes, Basilio I constituyó el “Thema di Longobardia”.

En aquel periodo los puertos puglienses, de Bari y Otranto, adquirieron una notable importancia: Bari, que había tenido intensas relaciones con el Oriente, fue sede del Catapano, es decir, del Gobernador general del Thema di Longobardia; Otranto, en cambio, fue importante no sólo por razones militares, tácticas y comerciales, sino también por motivos puramente religiosos. En 968 el emperador Nicéforo ordenó al patriarca Polieucto elevar la ciudad salentina a la dignidad metropolitana, sometiendo a todas las iglesias y locales episcopales de Puglia y Basilicata. El soberano bizantino ordenó, además, que el rito y los sacerdotes latinos fueran sustituidos por los griegos.

La península salentina se convirtió en el objetivo de numerosos habitantes de varias islas del Egeo (Creta, Chipre y otras), impulsados no sólo por la posibilidad de encontrar nuevas tierras de cultivo, sino también por la amenaza árabe que, impulsada desde el territorio itálico, se había trasladado hasta Grecia.

Surgieron, de este modo, en Salento, entre Otranto e Galípoli, cuarenta núcleos residenciales, constituidos por la mayor parte de habitantes de origen y lengua griegos. A lo largo del camino que conectaba Otranto a Lecce y Brindisi, surgieron los pueblos de Carpignano, Cannole, Bagnolo, Martano, Castrignano, Cursi y, más tarde, Calimera. En la zona de las sierras se desarrollaron Martignano, Sternatia, Zollino, Soleto y Corigliano. En la costa jónica estaban, entre otros, Galatina, Sogliano, Cutrofiano, Aradeo, Nardó, Gelatone, Casarano, Galípoli.

La religión más difundida era la greco-ortodoxa y eran de origen griego, también, las costumbres y las tradiciones en estos lugares.

El periodo normano

En el siglo IX d.C. la parte meridional de Puglia representaba el punto más débil del Imperio bizantino, incapaz de hacer frente, en Italia, a las luchas contra los Longobardos y contra los nuevos enemigos sarracenos y normanos, estando siempre más empeñado en combatir los musulmanes en Oriente.

A mediados del siglo IX, bajarón a Puglia los Normanos, provenientes del norte de Europa, los cuales,  después de haber saqueado los principales centros de la Italia meridional, pusieron fin al Imperio bizantino, abriendo así un nuevo capítulo en la historia de Salento.

El dominio normano llevó a la creación, en Italia meridional, de un estado unitario y a la introducción del feudalismo, que permanecerá hasta inicios del siglo XIX. A partir del siglo XII, el sur de la península estaba dividido, de hecho, en diversos feudos, más o menos grandes, gobernados por caballeros codiciosos, avaros y a menudo violentos, que ejercieron una verdadera y propia tiranía sobre la población, imponiéndoles continuos y fuertes impuestos a los agricultores (se documentan otros).

Los Normanos fueron vasallos de la Iglesia de Roma, pero demostraron profundo respeto por la religión y las tradiciones de los fieles salentinos de rito griego. Promovieron, de hecho, el clero latino por los daños sufridos que al griego y los monjes benedictinos más que los basilianos, pero si la mayoría de la población era griega, dejaron a los griegos como obispos y sacerdotes, financiando, incluso, la construcción de nuevas iglesias y nuevos conventos, como el monasterio de Casole e la Catedral de Otranto. Cuando, en cambio, la población era latina, como Lecce y los centros al norte de Lecce, los Normanos impusieron el clero latino y promovieron la construcción de conventos benedictinos.

Entre los siglos XIII y XV, el clero griego perdió su prestigio, por causa de acusaciones de corrupción y de prácticas idólatras, desplazada, a menudo sin fundamento, por eclesiásticos latinos; los monasterios basilianos desaparecieron en pocas décadas y el clero fue reducido.

A los Normanos sucedieron los Esvevos, que dominaron en estos territorios, promoviendo la paz y el desarrollo cultural y artístico, finalizando a mediados del siglo XIII. En 1266, de hecho, fueron derrotados por los Angioines franceses, que por mucho tiempo tuvieron conflictos contra los Aragoneses por el dominio sobre estos territorios.

Mientras tanto las comunidades se empobrecieron y sufrieron las invasiones de los Turcos, encabezados por Acmet Pasciá, sometiendo Otranto el 26 de Julio de 1480. El asedio musulmano, que afortunadamente duró sólo un año, fue muy violento: todos aquellos que no querían convertirse al Islam fueron brutalmente decapitados. En el siglo XIX fueron los mártires de Otranto, que con el sacrificio de sus vidas defendieron la propia fe e impidieron la propagación de la religión musulmana.

El periodo español

En 1529 en Puglia y en el Reino de Nápoles, después de un periodo de luchas con los Angioines, se instauró la dominación de los Aragoneses. Estos atribuyeron a la ciudad de Lecce un importante papel defensivo, ya sea contra los Franceses o contra los Turcos, mediante la construcción de numerosas torres de avistamiento y del Castillo de Carlos V, en nombre del rey que quería la construcción entre 1540 y 1550.

Las torres ribereñas de avistamiento permitieron preparar las defensas de emergencia en casos de incursiones por mar, siendo todavía visibles a lo largo de la gran parte pugliese costeña, en particular en Salento.

Representantes locales del poder central fueron los Virrey y, por la provincia de Lecce, el célebre Ferrante Loffredo, marqués de Tricarico. Proclamada capital de Puglia (1539), Lecce pasó a ser sede de importantes órganos administrativos y judiciales, de oficinas periféricas del Estado, y la residencia de numersos funcionarios y profesionistas.

Los Aragoneses, mientras agravado el proceso de feudalización de la región, que comenzó con los Normanos y continuó con los Angioines, promovieron la difusión del latifundismo, impulsando, por otro lado, actividades culturales y artísticas, sentando las bases, entre los siglos XVI y XVII, para el desarrollo del arte barroco, ostento y elegante por influencia española, pero, ciertamente, irrepetible y única por el uso de la suave y flexible piedra leccense.

El barroco embelleció edificios civiles y religiosos: Lecce y todo Salento fueron revestidas con putti, grifi, plantas elaboradas y balaustres. El ejemplo más rico de tal expresión artística se halla en ciudades de la Grecia Salentina, como Corigliano de Otranto, Melpignano, Soleto.

En 700, Puglia fue ocupada por los Austriacos, pero en 1738 regresó al poder de los españoles con los Borbones que, con Carlos de Borbona primero y Fernando IV después, la hicieron objeto de cuidadosas reformas.

Durante la Restauración, sin embargo, el gobierno borbónico no supo reaccionar eficazmente al bandidaje, lo que trajo como consecuencia una intensa actividad sectaria (masones, carbonaros), que dio lugar a movimientos en 1820 y, después de la propagación de la Joven Italia, a los movimientos de 1848.

El territorio salentino continuó bajo el dominio borbónico hasta 1860, año en que se anexó al recién constituido estado italiano.

La lengua cortada

El área de hablantes de “griko” se ha ido reduciendo gradualmente con el paso del tiempo: si en el siglo XIII constituía una banda continua que se extendía del Adriático al Jonio, comprendiendo algunos de los países más poblados de Salento, entre los cuales estaban Galatina, galatone, Nardo, Galípoli, Cutrofiano, Casarano, en el siglo XIII ya era una verdadera y única isla, pero mucho más extensa que la Grecia actual, porque comprendía también Caprarica, Cursi, Bagnolo, Cannole y Carpignano.

Hoy, Grecia está compuesta de nueve comunidades – Calimera, Castrignano, Corigliano, Martano, Martignano, Melpignano, Soleto, Sternatia e Zollino – en las cuales, lamentablemente, el “griko” es hablado ahora casi exclusivamente por la población más vieja.

La crisis del “griko” comenzó a manifestarse con la unidad de Italia (1861). Los niños frecuentaban escuelas en las que los maestros enseñaban a leer y escribir en italiano; la lengua materna era un obstáculo para el aprendizaje, por lo que era necesario abandonarla y olvidarla lo más pronto posible. Quien tendía a hacerlo, ya sea el campesino, el padre o el abuelo, podía continuar hablando en “griko” y olvidar el italiano. Esto derivó en la opinión común de que el “griko” es la lengua de los agricultores.

En la segunda mitad del siglo XIX, algunos estudiosos extraños de Grecia (Comperetti, Morosi) y Grikos (Vito Domenico Palumbo) sabían del gran valor lingüístico-cultural del “griko” y de su peligrosa desaparición. Comenzaron, pues, un trabajo laborioso de búsqueda y documentación de palabras grikas, cantos, cuentos, proverbios. Todo venía escrito con caracteres latinos. Palumbo transcribió también a griego moderno gran parte de los cantos.

Lamentablemente, esta toma de conciencia no fue colectiva; otras eran las prioridades que se imponían y modificaban el estado de las cosas.

La primera guerra mundial cambió no sólo el concepto de la vida, sino también la situación lingüística. Casi la mayoría de los hombres válidos para el servicio militar abandonó el país de nacimiento por ir a combatir lejos por la liberación de Trento y Trieste, donde fueron condenados a aprender y expresarse en italiano: los efectos sobre la población salentina fueron devastadores, desde ese momento se adoptó la idea de que el “griko” era insuficiente para comunicarse con aquellos que vivían a las afueras de la comunidad helenófona.

Después del terrible baño de sangre, se impuso el Fascismo, que proclamaba la pureza de la raza y no admitía que los ciudadanos de otras pudiesen formar parte de Italia. Sin embargo, el Fascismo no persiguió nunca a aquellos que hablaban “griko”.

La mayor decadencia del uso del “griko”, sin embargo, ocurrió con el final de la segunda guerra mundial.

La emigración en masa, los nuevos medios de comunicación, el aumento de los intercambios con las áreas vecinas, la transformación de la sociedad campesina, el mejoramiento de las condiciones económicas, aunado a un proceso de homologación siempre más inalcanzable, han sido las causas más relevantes de la progresiva desaparición de la lengua y la cultura grikas.

A tal fenómeno, quizá ineludible, se opone la tenaz voluntad de algunos estudiosos que han tenido el arrebato amoroso por la “grecidad”. De unos años a acá se observa un fenómeno inverso. Las asociaciones culturales primero y las administraciones locales después, mediante las facilidades de programas específicos comunitarios, han tomado conciencia de la importancia, no sólo cultural, del resguardo de la identidad y del afán de recuperar el inmenso patrimonio griko.

La búsqueda histórica, hoy en día, recorre caminos no lo suficientemente indagados, entre los cuales están la arqueología, la arquitectura, la música que brindan elementos de conocimiento integradores de la búsqueda filológica e histórica propiamente dicha.

 

Μετάφραση: Alejandro Aguilar

Gelos (Risa)

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Ελλάσονες Θεοί – Dioses menores

 

F

Ο Γέλως

 

Κατά την Ελληνική μυθολογία δευτερεύουσα θεότητα των αρχαίων Ελλήνων, προσωποποίηση του γέλιου.

 

Según la mitología griega, era una divinidad secundaria de los antiguos griegos, representación humana de la risa.

 

Ο Γέλως τιμόταν ιδίως στην αρχαία Σπάρτη όπου πρώτος ο Λυκούργος είχε στήσει άγαλμα του Γέλωτα στη πόλη των Αινιάνων Υπάτων της Θεσσαλίας, όπου και είχε ιδρυθεί "ιερό" αυτού και τελούνταν κατ΄ έτος αγώνες προς τιμή του.

 

Gelo (risa) era honrada especialmente en la antigua Esparta, donde primero Licurgo había montado una estatua de Gelo en la ciudad de los Cónsules Enianos de Tesalia, en que se había fundado un tempo de él (Gelo) y se celebraban anualmente juegos en su honor.

 

Σε ορισμένες παραστάσεις ο Γέλως απεικονίζεται ως μέλος του θιάσου του Διονύσου ενώ σε άλλες μαζί με τον Πόθο και την Ηδονή ως ανθρωπόμορφα θεία δώρα της Αφροδίτης προς τους ανθρώπους.

 

En determinadas presentaciones, Gelo se representa como miembro del teatro de Dionisio, mientras en otras, junto a Poto (ansía, lujuria, anhelo) y Hidone (placer), como una divinidad antropomorfa, un regalo de Afrodita para los seres humanos.

Los poemas en la calle (de Nikos Xouliaros)

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Los poemas en la calle

(de Nikos Xouliaros, de "Poemas en la calle", La Palabra 147, Septiembre-Octubre, 1998)

 

Traducción: Alejandro Aguilar.

 

Me gustan los poemas que viven en la calle, fuera de los libros: esos que tiritan en las esquinas y fuman todo como una comezón, que se prenden y se apagan, durante la noche, en las luces navideñas – no en esas que se cuelgan en los árboles de la celebración, en el calor de las habitaciones, sino aquellos que enfatizan la calma de los animales degollados en los aparadores morados de las carnicerías del barrio.

 

Lo mutilado y lo solitario me gusta: los poemas-mestizos que caminan cojeando en los extremos oscuros de las avenidas: aquellos que desconocen los críticos y los educandos de Moraiti; aquellos que golpean continuamente los conductores ebrios y que dejan sin auxilio alguno en la carretera. Y los poemas-niñitos, también los amo, estos que mientras no han aprendido todavía el alfabeto, pueden, con dos de sus palabras, pegarte el alma a la pared.

 

Me gustan, otra vez, los desesperados y los sonrientes: los poemas-cómplices, aquellos que te cierran, con una señal, el ojo. Que no te hacen la plática, no te ocupan, pero continúan su camino indiferentes; los poemas-"no se trata de pedirte nada", éstos que te saludan nada más y se van, como me gustan también los otros, los felices, que prefieren los juegos de la clase y también los poemas-abuelos, porque mientras conocen las cosas buenas, lo vano de la vida quieren vivirlo.

 

No me gustan para nada los poemas-solteronas que arreglan, todo el día, los cuartos con las palabras, ni tampoco los poemas-conjunto, los decentes. No soporto tampoco los chiflados: los poemas con muchos puntos suspensivos ni tampoco los otros que consideran la naturaleza su madre y que de todo tienen nostalgia en el piso, detrás de los escritorios.

 

Me dan asco aquellos que se denominan simbólicos, los poemas con mensaje, los de palabras largas y los mutistas; los poemas-señoras con Alzheimer. Ni las grandes composiciones me gustan, los poemas-Ben Hur, esos torrentes verbales que están escritos principalmente para los críticos y representen a los instructores que se interesan por el bien del mundo.

 

Por otro lado, no puedo soportar los didácticos: los poemas-sandalia con calcetín ni los poemas-ejército cazador ni Che Guevara, mediodía en "Llavelobo".

No me gustan los sabios que están escritos por jóvenes ni los jovencitos que han sido escritos por los ancianos. Me regresan a los no ecológicos, los románticos-"nata con mucho jarabe", además de aquellos que suplican la opinión del lector.

 

Ni tampoco los míos me gustan. Me gustan solamente aquellos que se me opusieron, aquellos que no conseguí escribir nunca. Por eso también los poemas que viven fuera de los libros me gustan; aquellos que nunca se interesaron en si me gustan o no. Esos que caminan indiferentes, fuera, en la calle, con las manos en los bolsillos y me tienen, de una forma u otra, cagado.

Dos Poemas sin Título (poemas de Dimitrios I. Antoniou)

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Dos Poemas sin Título

(Poemas griegos de Dimitrios I. Antoniou, de Poemas, Hermes, 1998)

 

Traducción: Alejandro Aguilar.

 

1

Yo que amo las noches hasta el amanecer

me encontré en el desliz de otra noche

y ya tengo su imagen para observarla,

sólo faltan los pájaros, fantasmas,

pero los recuerdo temerosos

y viniendo al puente alrededor de mí,

viajando de Tinos a Paros;

escucho sus voces asustadas

observando una vez más el color de bronce que los petrificó

y la vestimenta mía, pintada de blanco.

Mojado durante el amanecer miraba

mis cosas cotidianas, el fenómeno

cuando tú al mismo tiempo

escribías en Sunio

la luz en la oscuridad,

en sus imágenes

en recuerdo.

Estaban ellos el 19/6/35

entre las 5 y 6:40 de la mañana.

 

2

Florecí a mi alrededor en el mar,

flores-pájaros que vivieron

en el clima efímero de aquella noche.

Encontré los hilos mientras amanecía,

éstos que dieron vida a mis cisnes artificiales,

como nervios con la carne

en su existencia irreal.

Esta confección que negaste

con la luz del día,

que te negaste tanto,

que me negué, mientras conducía un barco

blanco, también como los pájaros fantásticos,

aquella noche que volviste a mí.

Realización de mosaicos (técnicas)

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Realización de mosaicos.

 

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a) Técnica bizantina:

1. Cortamos un pedazo de madera alrededor de 3 cms., más grande que las distancias de la obra que queremos hacer.

2. Clavamos palitos de madera de 3 cms. de ancho a los lados de la madera (base) y dentro del espacio "extendemos" el barro (arcilla) hasta la altura de los costados de los palos. Finalmente lo mojamos.

3. Grabamos en P.V.C. (papel plástico) el diseño que hemos dibujado y los colocamos sobre el barro.

4. Comenzando de la orilla superior izquierda del marco, empezamos a "construir" nuestra obra, cortando primero con un cúter (hoja de afeitar) el papel y colocando con una pinza los trozos de piedra del mosaico en el barro.

5. Cuando todas las piedras hayan sido colocadas en el barro y la obra haya sido terminada, cortamos un pedazo de tela de tul y así que sea barnizada la superficie de la obra (los trozos de mosaico) con pegamento (pegamento de harina), colocamos sobre los trozos de mosaico el trapo de tul y los dejamos secar de uno a dos días.

6. Desclavamos los palitos. Volteamos la obra al revés con cuidado y trazando rayas en el barro de 1 cm. lo despegamos poco a poco.

7. Preparamos un bastidor de madera o metálico y colocamos adentro una red metálica en las distancias del marco.

8. Mezclando bien, igual cantidad de arena y cemento, y vaciando agua poco a poco, preparamos la mezcla "xarmani" con la cual llenamos el bastidor 2 milímetros antes de derramarse.

9. Tomamos el trapo de tul limpio (sin barro) y lo colocamos dentro del cemento, presionándolo suavemente para que se asiente.

10. Limpiamos con una esponja y agua nuestra obra de los excesos de cemento y lo dejamos inmóvil por media hora. Mojamos otra vez y quitamos la tela con cuidado. Al otro día, lo volvemos a mojar y los limpiamos con un cepillo, suavemente. Lo dejamos de 3 a 4 días, mojándolo por espacios de tiempo.

 

Notas:

1) Los trozos de mosaico deben ser horizontales a las líneas del dibujo.

2) Cortamos los trozos de mosaico con escardillo o con tenazas.

3) El exceso de pegamento (pegamento de haria) hace daño.

 

*Pegamento de harina (alevrókolla): Una cucharada sopera de harina, un vaso de agua. Inmediatamente después de retirarlo del fuego, agregamos una cucharada de miel dulce.

 

b) Colocación directa de los trozos de mosaico:

En argamasa fresca (húmeda):

1. Hacemos un marco de madera o metálico y los llenamos con argamasa (cemento), hasta arriba, 5 cms., antes de derramarse. Raspamos la superficie un poco para que no esté lisa y colocamos los trozos de mosaico o los guijarros de acuerdo a nuestro dibujo. Durante 3 – 4 horas debemos haber terminado porque después endurecerá la argamasa y no podremos trabajar sobre ella.

2. Limpiamos con esponja y agua los excesos de cemento.

 

En base de madera:

1. Sobre una madera que hayamos barnizado con material aislante contra agua, grabamos con carbón (negro) el dibujo que queremos crear.

2. Pegamos los trozos de mosaico con pegamento U.H.U. plus, P.V.A.

3. Enmarcamos nuestro trabajo.

4. Llenamos los espacios de los mosaicos con argamasa.

5. Limpiamos cuidadosamente las superficies de los mosaicos con una esponja y agua.

 

Notas:

1) Argamasa (armokoníama): Mezclamos muy bien la misma parte de cemento y de arenisca y vaciamos agua poco a poco, cuidando que la mezcla no se haga ceñida.

 

c) Colocación revertida de los mosaicos:

1. Cortamos un pedazo de madera (base) y sobre de él colocamos papel grueso de paquetería con nuestro dibujo diseñado al revés.

2. Pegamos con pegamento (disolvente en agua) los mosaicos con su lado correcto sobre el papel.

3. Cuando terminemos el pegado, dejamos que el pegamento seque y ponemos el marco alrededor de nuestro trabajo, de madera o metálico.

4. Hacemos "armokoníama" y con una espátula lo extendemos para cubrir bien los mosaicos.

5. Preparamos argamasa (cemento) y llenamos el marco hasta arriba. Golpeamos a los lados del marco, para que se llene bien, sin espacios. Podemos colocar también adentro una red metálica para su fortalecimiento y estabilidad.

6. Colocamos nylon o papel apergaminado y sobre él un pedazo de madera.

7. Lo ponemos al revés con cuidado.

8. Mojamos muy bien el papel y lo jalamos cuidadosamente.

9. Limpiamos con una esponja y agua la superficie.

10. Cubrimos con una toalla húmeda, por 3 días al menos, nuestra obra, manteniendo la toalla mojada.

Las madre de todo el mundo celebran (Día de la Madre en la Mitología Griega)

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Las madres de todo el mundo celebran

 

 

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Es la madre, la mamita, la mamá, la mami… Es nuestra propia vida, nuestros "quiero" y nuestros "debes", nuestra respiración y nuestra esperanza. Nuestro llanto y nuestra sonrisa… es todo lo que somos. Nos dio un respiro de su respiro, dicha de su dicha, vida de su vida… nos trajo al mundo sintiendo dolor y peleando.  Por tanto, es justo que celebre…

 

En la Mitología Griega

 

La Antigua Grecia es una de las fuentes principales de referencia a la "fiesta de la madre". Era una celebración de Primavera en la que adoraban a Gea, la madre Tierra. Madre de todos los dioses y de los hombres, Gea era la representación primera de la naturaleza que da a luz a todo el mundo y por eso era alabada como una divinidad superior. Más tarde, la sustituyó su hija, Rea, la esposa de Cronos, madre de Zeus y diosa de la fecundidad. Rea era alabada como la "Madre de los Dioses" y como la primera madre, además de que parece que fue la primera que dio a luz con parto y alimentó a sus hijos con leche materna. Los antiguos Griegos ofrecían honores a Rea cada primavera, además de que era la diosa de la tierra y diosa de la fecundidad.

 

El nacimiento de Zeus

 

Es interesante presentar el nacimiento de Zeus por Rea, como es presentado por los antiguos escritores. Cronos escuchó de sus padres, Uranos y Gea, que profetizaban que sería destronado por su propio hijo, como lo hizo su padre a su propio padre. Alterado Cronos, obligó a Rea a entregarle a sus hijos recién nacidos y él, sin dudarlo, se los tragaba con el fin de que no crecieran y no corriera peligro su trono. Así Poseidón, Plutón, Estía, Démeter y Hera murieron en el estómago de su padre. Llena de desesperación, Rea, cansada de sus embarazos continuos y sin haber llegado a ser incluso madre, decidió burlar al despiadado Cronos.

Así, cuando llegó la hora de que naciera Zeus, pidió la ayuda de sus padres. Ellos la enviaron a Creta – al monte Hidis y las cavernas de Dictis – donde nació también Zeus. Las ninfas y los jóvenes Sacerdotes se encargaron de la alimentación del bebé. Cuando lloró Zeus, para que no escuchara Cronos los llantos de bebé, los sacerdotes jóvenes golpearon sus lanzas sobre sus escudos y bailaban para hacer ruido.

Las ninfas alimentaban al bebé con la lecha de la cabra Amaltea, que según esta versión del mito era ninfa. Rea regresó con su marido y cuando Cronos le pidió al recién nacido, ella envolvió con trapos una piedra y se lo dio para que se la tragara. Otra versión dice que el desconfiado Cronos le pidió amamantar al niño y que ella aparentó que lo amamantaba, cayendo leche de su pecho, creándose así las galaxias.

 

Historia reciente

 

Una versión más reciente era el denominado "Mothering Sunday" que nos transporta a la Inglaterra de 1600. Este día celebraban el cuarto domingo de la Cuaresma en honor a todas las madres de Inglaterra.

Durante este día, los sirvientes que se quedaban en casa de sus patrones, tomaban un día libre para regresar a sus casas y para pasar el día con sus madre. Además, el Cristianismo se extendió por Europa, la celebración fue cambiada por la veneración de la "Madre de la Iglesia", pero con el tiempo las dos concepciones se amalgamaron.

De esta forma, el mundo rendía culto al mismo tiempo a la madre y a la Iglesia. Regalos tradicionales como las flores, las plantas o los chocolates eran ofrecidos en la celebración de la madre.

 

 

Fuente: (Original: "Oi manes olou tou kosmou giortazoun", por Foteini Pallikaridou en Phileleftheros [Sábado, 10 de mayo de 2008], p.38)

Traducción: Alejandro Aguilar

Tenías un Resplandor dentro de tus Ojos (poema griego de Diamkis Minás)

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Tenías un Resplandor dentro de tus Ojos

Poema de Dimakis Minás

(de Camino entre la Noche, Hermes, 1999)

Traducción: Alejandro Aguilar

 

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Tenías dentro de tus ojos

un resplandor de los vientos

y en tu corazón una llama salvaje

que decías nunca iba a apagarse,

también dentro de tus ojos, un mar verde,

el enfurecido mar de nuestra isla,

recibiendo tempestades,

también en tu corazón una impetuosa primavera tropical

con una blanca paloma temblorosa

y una golondrinita de dios que nunca viaja.

Tenías dentro de tus ojos los domingos,

como si tocara la campana en la iglesita blanca

en la ladera más alta del pueblo

y comenzaran los agricultores la misa.

Y dentro de tu corazón, un amor puro

como la primera hora del amanecer,

como rocas secas

de nuestro desnudo campo.

Tenías dentro de tus ojos

un mundo entero, ahí

bailan nuestros sueños a la orilla del mar,

envueltos, algas saladas,

jóvenes arcángeles y muchachas etéreas

prenden luces cosmogónicas

y caminan en el fuego, brincan, chillan,

y cantan canciones claramente ancestrales:

Y los mares y las montañas,

y los mares y las montañas,

y los mares y las montañas un día…

¡Oh!, mi amor, se consumió el corazón

de Hermes, cuyo corazón es la torre de la Muerte.

Tenías dentro de tu corazón

un mundo lleno de nuestros sueños,

allá beben y desvarían y blasfeman.

Los ebrios comienzan a degollar

miles de ovejas, miles de jóvenes besándose,

riéndose de Caronte con el rakí y la canción;

allá se ciñen los carros y ladrones se desvelan

¡Ay! Y de una cumbre a otra vuelan como águilas reales.

Tenías dentro de tus ojos

un resplandor del aire de la patria

y en tu corazón una llama salvaje

que decías no se iba a apagar nunca.