Primera victoria (narración de Pinelopi Delta)

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Primera victoria

Pinelopi Delta

De Manga, Los amigos del libro, 1947.

Traducción: Alejandro Aguilar

 

Un día vi la puerta del jardín abierta y salí a la calle. Sentía una gran dicha al encontrarme afuera. Me pareció, repentinamente, que todo el mundo era mío. No tenía frente a mí reja ni enredaderas que detuvieran el ojo. Era libre de ir a donde quisiera, de conquistar un nuevo día, de ver cosas nuevas.

Apenas, sin embargo, corrí algunos pasos, escucho voces:

– ¡Manga! ¡Manga!

Y mientras me detuve a ver lo que ocurría, me jala Alis jadeando por haber corrido, y me lleva de nuevo hacia atrás, levantado, esclavizado, y cerró nuevamente la puerta de la reja.

Estaba enfurecido con Alis que ejercía sobre una tutela de tiranía. Hería también mi amor propio.

Malhumorado me fui y me senté al sol, adelante de mi casita, y apoyé enfurruñado mi mandíbula en mis piernas extendidas.

Daisy estaba enganchada en el carrito ligero de dos ruedas y esperaba a que bajar su dueño.

Había observado toda la escena. Me vió enojado, entendió la razón y me observaba con desdeño.

En cualquier otra situación lo desdeñaría yo también. Pero seguí con mi rabieta.

– ¿Por qué me ves así? le dije.

Ella no me respondió. Inmóvil observó directamente frente a ella, con la cara levantada, la mandíbula bajada al cuello, presuntuosa, como ven a los caballos orgullosos en las imágenes.

Me enojó aún más.

-¿Qué pretendes? ¿Cómo vas a ir afuera, mientras yo me quedo en casa?

Otra vez ella no respondió. Estaba de pie, arrogante y altanera. Me enfureció.

– Yo soy libre, tú, una esclava, le dije. Dentro del huerto voy a donde quiero, a la casa, al establo, a la arena, al pasto. Tú ni al establo, no estás suelta. Y para salir, te obligan a arrastrar un carro. ¡Y atada de los dientes te mantienen! Y por si fuera poco, comes ramas. ¡No me alces entonces tu nariz! ¿Qué escuchas Daisy?

Ella no se alteró ni siquiera. Con la misma mirada de desprecio observaba desde arriba y dijo:

-¿Quién te habla a ti?

Impetuosamente me paré y brinqué frente a ella.

Mi ladrido enfurecido asustó a un gato que permanecía ahí cerca sin observar, enroscado entre el follaje denso, en el árbol alto e inclinado. Saltó a la tierra y se puso en pié.

Pero entre nosotros no había ya ni rejas ni enredaderas.

Olvidé mi orgullo, mi enojo, mi ímpetu, y pasando inclinado hacia mi dueño, me acercó a Mitso y los niños, me lancé tras el gato.

Corría como si tuviera resortes en los pies. Un poco más yo. Pasó como una saeta entre las flores. Y detrás de él, yo. Brincó enloquecido por la terraza y subió con dos brincos a los escalones. El tonto no había visto que las cortinas de lino de la terraza, de lona gruesa, estaban bajadas y atadas a la reja, dejando solamente la escalera libre, que entraba a una ratonera.

Pero lo sintió. Y entonces se volvió presa.

Antes de acercarme y brincar sobre él, se lanzó a mi cabeza y me enterró todas sus uñas en la cara.

Saqué un chillido, y él, pasando sobre mí, brincó al huerto.

Pero el dolor también me hizo a mí una presa. Rápidamente me encontré cerca de él y lo agarré de la nuca, en el momento que clavaba sus uñas en el tronco del primer árbol que se encontró frente a él.

No duró mucho la pelea. Con dos sacudidas le rompí la columna vertebral y quedó duro.

– ¡Hola, Manga! gritó Mitso.

Regresé a ver. Todos se habían reunido. El dueño, Mitso, los niños, los del establo y los del huerto.

– También es grande, dijo el dueño examinando al gato muerto. ¡Viste cómo lo mató!

Me acerqué y observé. ¡Qué dicha! ¡Era el del bigote amarillo del otro día! En el calor de la caza no la había notado bien.

¡Dicho orgullo me llenó, que me pareció que crecía, crecía y me volvía alto como Daisy que estaba de pie indiferente ahí cerca!

– ¿Todavía me crees enano? le grité

Ella volteó arrogantemente su cabeza y observó al gato muerto.

– Peor aún, dijo. ¡Te volviste un asesino!

– ¡Envidiosa! le grite obstinado.

Y regresé con Ana que no sabía como acariciarme.

– Buen Manga, decía acariciándome. ¡Gentil Manga! ¡Mira, Lucas, pobrecito, cómo dejó al gato! ¡Nada más sangre es su cabeza!

Lucas me miró con simpatía. Pero en su mirada vi una duda.

Volteó hacia Liza que, pálida y ensimismada, estaba parada a un lado, apoyada en un árbol.

– Sí… respondió, está despellejado… Pobre gato.

¿Qué? ¿Lucas me negaba? ¿Lucas le hacía compañía a Daisy?

– ¿Qué te pasó? preguntó su padre.

Y sonrió.

– Nada, nada, respondió muy sonrojado el pequeño. Los gatos son glotones y ladrones. ¡También suben a los árboles y se comen a las crías!…

Sí, es cierto, ¡los gatos se comen a los cachorros! Qué bien que lo recordó Lucas y me sacó de la cruel duda en que me habían echado sus primeras palabras. Claro, eran ladrones los gatos, y todos querían muerte. Y los mataría a todos.

Y con el corazón ligero corrí hacia Daisy y le dije:

– ¡Los gatos comen cachorros!

– También los perros se los comen, apenas los encuentran, dijo presuntuosa, sólo que no saben, como los gatos, subir a los árboles.

Me enojé.

– ¡Nunca comemos cachorros! le grité. No lo aceptamos.

Daisy comenzó a decir.

– Como las uvas de la zorra, me gritó, "son uvas…"

Lo demás se perdió en la distancia.

– ¡Tú eres una uva, lo pareces! le respondí enojado.

Volteé y entré al establo a encontrar a mi amigo Bobby.

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