La lengua griega moderna y su historia

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La lengua griega moderna y su historia

A.  F. Xristidis

 

Traducción: Alejandro Aguilar

 

La lengua griega moderna se habla – en su forma común (griego moderno común [koiné]) – en la República Helénica, en la República de Chipre (hablada por la comunidad heleno-chipriota) y, en diversos grados de suficiencia, en la dispersión griega (diáspora). Los principales focos de la dispersión helénica se encuentran en Estados Unidos, Australia, Canadá y Alemania. La lengua griega moderna no se reduce tan sólo a su forma común. Incluye también sus dialectos. Sin embargo, los dialectos se encuentran en un proceso de desaparición bajo la influencia de la lengua común (koiné), con excepción del dialecto heleno-chipriota, el cual conserva todavía a sus hablantes tanto en la República de Chipre como en la importante diáspora heleno-chipriota de Gran Bretaña. Dialectos hermanos de la lengua griega moderna sobreviven en algunas regiones de Turquía, de la antes Unión Soviética y en Italia (Apulia, Calabria). Hasta hace poco sobrevivía otro dialecto hermano en Córcega.

 

La lengua griega moderna pertenece, como la mayoría de las lenguas europeas (con excepción del húngaro, del vasco y del finlandés)  y del hindi, a la familia lingüística indoeuropea. La cuna de dicha familia lingüística es, probablemente, Anatolia. Movimientos sociales, que se relacionan relativamente con la expansión de la agricultura, esparcieron hacia Oriente y Occidente a los hablantes de los ancestrales idiomas indoeuropeos y condujeron, al mismo tiempo, a la transformación de las distintas lenguas indoeuropeas, una de las cuales es el griego.

 

Los primeros testimonios escritos del griego datan del siglo XIII a.C., pero seguramente el griego existe, como lengua distinta, desde mucho antes. Estos testimonios escritos, que fueron descubiertos en los complejos de castillos de la civilización micénica (Micenas, Cnosos, Tebas, Pilos), utilizan un sistema de escritura prestado de civilizaciones más antiguas del Mediterráneo oriental. Este sistema – la lineal B – es silábico y no alfabético: cada signo corresponde a una sílaba. La caída de la civilización micénica condujo también a la desaparición de este sistema gráfico, que servía a las necesidades de los complejos micénicos. Deberemos esperar hasta el siglo XVIII a.C. para volver a encontrar monumentos escritos de la lengua griega – en escritura alfabética, esta vez. Como en la fase anterior, este nuevo sistema de escritura es un préstamo del Oriente. El registro alfabético del griego utiliza el alfabeto fenicio, adaptado a las particularidades de la lengua griega.

Hasta el siglo III a.C. la lengua griega es un conjunto de dialectos, que no crean, sin embargo, problemas de entendimiento mutuo entre sus hablantes. A pesar de que no existe todavía un medio lingüístico común helénico de expresión y comunicación, existe la sensación y la conciencia de la unidad lingüística. Entre este mosaico de dialectos, empieza a distinguirse, ya desde la era clásica (siglo V a.C.), un dialecto: el ático, que es hablado en la ciudad-estado de Atenas. Este dialecto consigue determinado valor debido al rol hegemónico de la ciudad-estado. Y como regularmente ocurre, la hegemonía política y económica funda los términos de la hegemonía lingüística: el dialecto ático se expande más allá de sus límites iniciales.

 

El siguiente momento decisivo para la historia helénica, pero también para la historia de la lengua griega, es la hegemonía macedónica, en un principio sobre las antiguas ciudades-estados y más tarde – con las conquistas de Alejandro – sobre todo el Oriente, hasta las Indias. La hegemonía macedónica es, incomparablemente, de una escala mayor en relación con la ateniense y por eso sus consecuencias lingüísticas son, igualmente, incomparablemente mayores. El dialecto hegemónico más antiguo – el ático, que es hablado en el patio de los reyes macedonios – constituye la base para la creación del primer medio lingüístico panhelénico. Así, nace el griego helenístico, el primer determinante del griego moderno. La amplitud geográfica del uso de la lengua helenística (koiné) es enorme: Asia Menor, Egipto, Siria, Mesopotamia, Persia. Sus límites más lejanos son la India y Afganistán. La lengua común (koiné) se transforma en la lengua hegemónica, la lengua franca de la "tierra" y compite con éxito la otra lengua franca de la antigüedad, el arameo. Debajo de la política helénica y la hegemonía lingüística, las poblaciones autóctonas se transforman, en un porcentaje importante, en comunidades bilingües – y no sólo en los grandes centros urbanos, sino también los pueblos. Este bilingüismo extendido no dejó, por supuesto, inmaculadas incluso ni la lengua ni su estructura.

 

El bilingüismo, sin embargo, no es sólo un síntoma de la influencia de la lengua común en poblaciones de lenguas diferentes. Existe incluso el fenómeno más limitante del completo abandono de sus lenguas maternas: la helenización lingüística. De esta manera, la traducción del Antiguo Testamento al griego (la traducción del Septuaginta) durante este periodo se da más probablemente para servir a los hebreos de Egipto, ya heleno-hablantes.

 

La presión de la lengua común (koiné) no tenía repercusiones sólo sobre las otras lenguas, sino que también sobre los dialectos del griego. Estos dialectos entran en un proceso de auge de manera semejante a los dialectos neo-helénicos que alcanzan su esplendor hoy bajo la presión de la lengua griega moderna común.  Los nuevos dialectos que poco a poco aparecen son resultado de la diversificación de la lengua helenística común.

 

La inmensa expansión de la koiné, el bilingüismo extendido, pero también el esplendor del mundo helenístico y la conquista romana – la entrada a la "época de la lucha", según la opinión de E. R. Dodds – crean ya desde el siglo I un movimiento de "purificación" lingüística que prevalecerá en la historia de la lengua griega hasta la segunda mitad del siglo XX. El comienzo de este movimiento, en la antigüedad reciente, es conocido como "aticismo". Es la nostalgia de la "pureza" lingüística de la época antigua y, primordialmente, su protagonista, de Atenas y del dialecto ático clásico. El aticismo pone las bases del "bilingüismo" helénico: subestimación de la lengua hablada – como producto corrompido – y búsqueda de la "pureza" antigua. La lengua escrita – ya sea como literatura ya sea como lengua "oficial" (lengua de la administración y de la educación) – es dominada, incluso hasta el siglo XX, por esta "nostalgia" clasicista que nace, no casualmente, el siglo I a.C.

 

Una repercusión inmediata del movimiento aticista y del "bilingüismo" al cual conduce, es que, para el periodo de la época helenística reciente hasta el siglo XI a.C. – época durante la cual tenemos razones para creer que ya se ha conformado el griego moderno – no existen testimonios escritos de la lengua hablada. La tradición escrita es dominada por la forma clasicista de la lengua. Deberá entrar el siglo XII para que comiencen a aparecer las primeras muestras de literatura en la lengua hablaba de la época. La época bizantina es, por consecuencia, en su mayor parte, una época de "purificación" lingüística. ¿Qué ocurre con la lengua hablada? ¿Sigue existiendo – en algún tipo de evolución – la koiné, como se conformó en la época helenística? Lo más probable es que, como señalamos arriba, el griego helenístico se ha diversificado en una serie de dialectos. Si existe una nueva versión de la koiné, esa debe determinarse en la región de Constantinopla y de los centros urbanos que se relacionan con ella. Una koiné determinada de tal forma debe ser, si realmente existe, un fenómeno post-bizantino.

 

Si el primer momento decisivo (luego de su transformación como lengua indoeuropea distinta) es la creación del griego helenístico – y el fenómeno derivado del "bilingüismo" -, el segundo momento decisivo es la transformación de la lengua helénica nacional, de la koiné moderna, en los contextos del estado nacional helénico, que se crea después de la Revolución exitosa de 1821 contra el dominio otomano.

 

Las discusiones sobre la creación de una lengua nacional que caracterizan el periodo que precede a la Revolución están estrechamente relacionadas con el "bilingüismo" establecido ya desde hace siglos y las referencias lingüísticas tienen, como regularmente ocurre, un profundo contenido ideológico, social y político. El punto de vista clasicista desea el regreso al griego antiguo, la única forma "pura", sin "corrupciones" de mezclas que comienzan en la época helenística y que alcanzan su auge con la conquista turca. Aquí debe señalarse que el griego, como todas las lenguas, prestó y adoptó palabras de muchas lenguas durante su historia (lenguas pre-helénicas, lenguas semíticas, latín, lenguas romances, turco, lenguas eslavas, inglés, francés, etc.). El segundo punto de vista reconoce la lengua hablada y su importancia, pero desea "purificarla" y "rectificarla": despojarla de préstamos turcos e intervenir, en cierto grado, en la fonología, en la morfología y en la sintaxis con base en los prototipos arcaicos. El tercer punto de vista apoya, sin rodeos, la lengua hablada como el único candidato justo para cumplir el papel de lengua nacional. En toda esta discusión sobre la creación de una lengua nacional deberá tomarse muy en cuenta un punto que es importante para este periodo: la necesidad de la confirmación – mediante la herencia lingüística helénica de la antigüedad que dispone su importancia en Europa – tanto de la identidad europea de los griegos modernos, que es puesta en duda por los extranjeros (o por algunos extranjeros), como también de la relación de la Grecia contemporánea con la antigua.

 

¿Qué ocurrió finalmente? Ya en 1825 – 1840 una nueva lengua común se conforma, basada en el dialecto del Peloponeso. En la lengua escrita, en el gobierno y en la educación sigue prevaleciendo, en diferentes formas, la arcaizante forma de la lengua, la "katharevousa". Las rupturas, sin embargo, se multiplican igualmente en el ámbito de la literatura, donde gradualmente predomina la lengua demótica. Las necesidades de expansión del vocabulario conducen al préstamo lingüístico, tanto de palabras antiguas (como medio, más comúnmente, lenguas europeas que fabrican sus vocabularios con material lingüístico helénico) como también de lenguas europeas (en un principio, francés y, después, inglés) – ya sea como préstamo claramente inmediato ya sea en forma de préstamos traducidos. La "katharevousa" sigue prevaleciendo – con "pequeños lapsos demoticistas" – en el gobierno y en la educación hasta 1976, cuando se reconoce la lengua demótica como lengua oficial. De esta forma, llega a su final la "cuestión lingüística", que acompañó – en diversas formas – la lengua griega en la mayor parte de su historia. Ecos suaves de esa lucha secular continúan escuchándose incluso hoy, principalmente en discusiones que tienen que ver con la enseñanza lingüística.

 

Antes de cerrar esta breve revisión, deberemos comentar otros dos puntos. Si el "bilingüismo" constituye una particularidad de la historia de la lengua griega, otra particularidad de su historia – principalmente si se comparara con la historia del latín – es su continuidad. El griego, contrariamente al latín, no se disolvió en una diversidad de lenguas. Esto no se debe, claro, a alguna fuerza mítica o innata de la lengua griega. Como observa Thomson (1989), "en la Europa occidental, contrariamente a la oriental, la destrucción del imperio romano por los conquistadores alemanes tuvo como resultado el que se conformaran de manera aislada reinos de donde descendían las diversas naciones de la Europa actual, habiéndose conformado así las diferentes lenguas. Esto explica por qué las lenguas romances son muchas, mientras que el griego permanece en una sola lengua". En la misma dirección se mueve la interpretación del Browning (1983): "Los factores unificadores fueron siempre fuertes: la política y la unidad cultural que se conservó y se impuso por el Imperio Bizantino, la sensación de identidad que creó la presencia de los musulmanes, los armenios y los eslavos o los latinos del Occidente, la influencia de la educación, los movimientos de personas o grupos dentro del mundo helenófono". Esta característica de la lengua griega – el hecho de que no se haya diversificado en otras lenguas a lo largo de su historia – no significa, claro, que no haya sufrido cambios drásticos en todos sus niveles: fonología, morfología, sintaxis y vocabulario. La mayoría de estos cambios comienza desde el griego helenístico como muestra de "esplendor" y "corrupción". Estas concepciones – que no tienen relación con la lengua y su naturaleza, pero sí con posiciones extralingüísticas y prejuicios – vuelven continuamente a la historia más reciente del griego y continúan escuchándose todavía hoy.

 

El último tema que debe ser tocado es la posición de la lengua griega moderna en la Unión Europea y, más generalmente, el asunto del predominio lingüístico tal como se conforma hoy. No hay duda de que el rol lingüístico hegemónico lo representa hoy la lengua inglesa. Hay, claro, otras "contrincantes", pero son más claros en segundo término. La hegemonía del inglés se apoya – como la hegemonía de sus precedentes históricos (el griego o el latín por ejemplo) – en el predominio político y económico. También al día de hoy el predominio económico ha adquirido un carácter mundial (multinacional, etc.). En el ámbito lingüístico, este predominio tiene resultado inmediato con la introducción de préstamos anglo-americanos en diversas lenguas y con la fuerte presencia de la misma lengua inglesa en el ámbito de la publicidad y, más generalmente, del mercado.

 

¿Cómo se posiciona alguien frente a este fenómeno cuando se vive del lado de una lengua "pequeña"? ¿Las lenguas "pequeñas" corren peligro? ¿Existe algún problema o no? A estas cuestiones se dan regularmente dos respuestas.  La primera corresponde a un cosmopolitismo superficial que es coordinado, ya sea consciente ya sea sin intención, con las pretensiones de este hegemonismo globalizado. Sobre este punto de vista no existe ningún problema: se niega, como observa Bruckner (1992), la diversidad nacional y cultural – y las particularidades que produce (lingüísticas y otras) – en el nombre de una generalidad pobre y encogida que termina en el consumismo y en el entretenimiento comercializado.

 

La segunda respuesta se encuentra a los pies de la primera. Considera que la lengua, la nación, y la "pureza" de tales aspectos, peligran por los extranjeros fuertes y necesitan medidas drásticas – entre ellos y medidas de jurisdicción lingüística -, para que la pureza lingüística y cultural de la nación sean protegidas. Se trata de una oposición nacionalista al discurso tajante del cosmopolitismo. Este segundo acercamiento se escucha suficientemente determinante en Grecia y en diferentes formas, sin significar esto que no aparecen puntos de vista correspondientes y en otros países europeos. Además, el pasado hegemónico del griego se utiliza como argumento para su posición en la Unión Europea. Sin embargo, el que alguien se defienda frente a los hegemonismos lingüísticos contemporáneos con la justificación referida de su propia y más antigua hegemonía lingüística representa un punto de vista paradójico. Semejante argumento no puede más que funcionar, finalmente, en favor del rival al cual se supone que apunta.

 

El griego moderno pertenece al grupo de las lenguas "menores" de la Unión Europea y deberá, sin aspiraciones utópicas y sin paroxismos nacionales, luchar (en común junto con las otras lenguas "menores") por conservar su lugar en los órganos de la Unión y fortalecer su posición (como también el de las otras lenguas "menores") en la educación europea. En lo que respecta a la política lingüística al interior del país, la especial identidad cultural helénica o heterogeneidad – una "heterogeneidad" que deberá al mismo tiempo distinguir y unir – será resguardada no a través de la mitificación de la lengua materna ni de su historia, sino a través de su desmitificación: mediante el descubrimiento tanto de las particularidades históricas, no de las míticas, como también de su unidad con otras lenguas – unidad que lejanamente resulta de la unidad del pensamiento humano.

 

Tal desmitificación deberá, claro, extenderse, de manera análoga, también a la enseñanza de la lengua extranjera, de la lengua extranjera fuerte, que expresa un fuerte modelo cultural. La defensa de la "heterogeneidad" – especialmente en el ámbito de las lenguas "débiles" – deberá conformar aquella didáctica que se opondrá conscientemente y las manifestaciones mitificadoras con las cuales la lengua fuerte – culturalmente – está rodeada en el predominio de la lengua "menor" o "débil". Opciones de esa naturaleza pueden conformar una nueva posición que sobrepasa el dilema entre un cosmopolitismo prefabricado y un nacionalismo dubitable.

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